FANTASMAS EN LA ANTIGUA ROMA

En todas las culturas el temor a los muertos, a su presencia entre los vivos y a su relación con éstos, constituye uno de los tópicos más repetidos en infinidad de leyendas y tradiciones populares. En esta ocasión, nos centraremos en la cultura grecolatina, más concretamente, en la civilización romana. Los romanos, a pesar de ser un pueblo pragmático, concedían gran importancia a la muerte y a las creencias relacionadas con ella, especialmente, los espectros y seres maléficos, en cuanto que hostigaban la paz de los vivos.
Grabado victoriana que representa la Vía Apia 


El relato de hoy fue recogido por el escritor y abogado Plinio el Joven  (Como, Italia, 61 - Bitinia, 112) en su obra cumbre titulada " Cartas", donde no solo cuenta la erupción del Vesubio en el año 79, sino que narra una aparición fastamagórica que tuvo lugar en una vivienda ubicada en la Atenas del siglo II d.C.

El relato comienza así: "Había en Atenas una casa espaciosa y grande, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen desaparecía, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún mas allá de aquello que lo causaba. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, dejada completamente a merced de aquel monstruo; no obstante se había puesto en venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler."


 "Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que no estuviera su mente desocupada y el miedo diera lugar a ruidos aparentes e irreales. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos.
Grabado que representa al filósofo Atenodoro sorprendido mientras observa las señas del espectro

Después se incrementa el ruido, se va aproximando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Éste estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándole. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar sus cadenas para atraer su atención. Éste vuelve de nuevo la cabeza y ve que hace la misma seña, así que ya sin hacerle esperar coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa, y de repente, desvaneciéndose, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes. Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente."

"En lo sucesivo, la casa se vio libre de los Manes, debidamente sepultados. Ciertamente tengo fe en los que afirman estos hechos…"

Plinio el joven, Cartas, VII, 27.

SABÍAS QUE ...
-Los romanos dedicaban varios días al año a realizar los rituales expiatorios necesarios para calmar a los espectros. Uno de los más destacados era la lemuria, festividad en la que los espíritus malignos –lemures– reclamaban el alma de sus descendientes.
-Los lémures (primates de Madagascar) fueron llamados así por el naturalista Linneo por sus grandes ojos, hábitos nocturnos y los sonidos tremendos que hacen por la noche.


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